lunes, 16 de enero de 2017

El loco amor de papá. Relato publicado en la Revista Literaria Visor


En la revista literaria Visor, especializada en el relato corto, para su número cuatrimestral de enero-abril de 2017 su consejo editorial ha tenido a bien seleccionar un relato que les presenté y publicarlo en su apartado de creación. Además de la lógica satisfacción que me ha producido el que de un modo u otro les llamara la atención mi escrito y que lo escogieran entre otros muchos me ha producido una enorme alegría añadida por que  en la creación de la historia deposité además de mucha energía  también mucha ilusión. El relato me encantó, pero  el hecho de que finalmente gustara a otras personas me  motiva para seguir escribiendo historias o cosas parecidas...
El relato en cuestión lleva por título El amor de papá y es una historia de amor y desamor, trufada de una desesperanza aceptada. En definitiva una lucha diaria que el ser humano mantiene con la propia vida si quiere seguir existiendo y que de todos modos tendrá que afrontar porque a la batalla de la vida nunca se le puede dar de lado, solo podemos elegir la manera de combatir.
Espero que les guste.


En estos enlaces pueden descargarse digitalmente la revista si les apetece leer el relato:













viernes, 13 de enero de 2017

ANTOLOGÍA POÉTICA DE LUIS CERNUDA

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: ANTOLOGÍA POÉTICA DE LUIS CERNUDA

Mi última lectura ha sido una antología poética de Luis Cernuda, poeta ilustre  de la generación del 27. Nacido en Sevilla (1902) y fallecido en Méjico (1963) y que pasó buena parte de su vida en el exilio en tierras inglesas y norteamericanas.  Antología seleccionada y prologada por  el escritor Francisco Brines y editada y publicada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 2002 con motivo del centenario del nacimiento del poeta.




La poesía se disfruta y  cuando  alguno de sus poemas o versos nos estruja el corazón  y nos calan hasta lo más hondo de  las entrañas y nos cimbrea el sentido  es  cuando se relee y vuelve a releer, admirando las palabras del poeta como una verdadera obra de arte que ha sabido de manera magistral captar la esencia de la vida de cada uno para mostrarla en papel,  negro sobre blanco.
Poesía dedicada al amor.  Al anhelo intenso y desesperado del amante  sobre el  amado el cual  es muchas veces inconsciente o indiferente. A la dicotomía entre deseo y realidad; querer y no poder y a los amores tardíos e imposibles.
De dicha antología reproduzco algunos de los poemas y versos que más me han gustado:
MÚSICA CAUTIVA
A dos voces
"Tus ojos son los ojos de un hombre enamorado;
Tus labios son los labios de un hombre que no  cree
En el amor." "Entonces, dime el remedio, amigo,
Si están en desacuerdo realidad y deseo."

SOMBRA DE MÍ
(Fragmento)
Bien sé yo que esta imagen
Fija siempre en la mente
No eres tú, sino sombra
Del amor que en mí existe
Antes que el tiempo acabe.

VIOLETAS
Leves, mojadas, melodiosas,
Su oscura luz morada insinuándose
Tal perla vegetal tras verdes valvas,
Son grito de marzo, un sortilegio
De alas nacientes por el aire tibio.

Frágiles, fieles, sonríen quedamente
Con muda incitación, como sonrisa
Que brota desde un fresco labio humano.
Mas su forma graciosa nunca engaña;
Nada prometen que después traicionen.

Al marchar victoriosas a la muerte
Sostienen un momento, ellas tan frágiles,
El tiempo entre sus pétalos. Así su instante alcanza,
Norma para lo efímero que es bello,
A ser vivo embeleso en la memoria.

NO ES EL AMOR QUIEN MUERE
No es el amor quien muere,
Somos nosotros mismos.
Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira,
Siempre ante sí los ojos de la aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz;
Si como muros que se derrumban,
Para saludar la verdad erguida en medio,
Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
La verdad de sí mismo,
Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
Sino amor o deseo,
Yo sería aquel que imaginaba;
Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
La verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta,
La única libertad porque muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;

Si muero sin conocerte, no muero porque no he vivido.

lunes, 2 de enero de 2017

UNA VISITA POR NAVIDAD

UNA VISITA POR NAVIDAD

Se detiene un momento al entrar en la Basílica.  Un imponente Nacimiento del Niño Jesús ocupa buena parte del vestíbulo principal tras las columnas de la entrada.  Solo hay un abuelo con su nieto, un niño de unos ocho años,   contemplando el Nacimiento. El portal de belén está representado en la oquedad  de una geoda enorme de amatista traída del Brasil. Una luz cenital del templo  hacía que la gruta de cristales rosados proyectara reflejos violáceos e iridiscentes sobre el Niño Dios y la Madre María.  Leyó en los ojos del niño  el deseo infantil de poder tener algo  así en su casa, a pesar de que sus padres pasaran apuros siquiera para alejar un poco el frío del invierno de la vivienda. Le acaricia su cabello ensortijado, esbozando una sonrisa pero el niño extasiado no se percata y él prosigue  su camino.
Sube una larga escalinata de mármol blanco, posando su mano por la pulida baranda de cuarzo rosa suave como la seda. Al fondo, dos soldados  inmóviles como instantáneas de fotografías; ataviados con trajes rayados y un morrión rematado con  plumas rojas custodian  la capilla privada. Se dirige hacia ellos, pero ninguno de los guardias  nota nada. Apenas una pequeña brisa rozando sus mejillas. Abre la puerta de cedro y observa a dos octogenarios de rodillas y cabizbajos con un rosario entre las manos  entregándose en silencio y devoto fervor a la oración. Uno de ellos pide  para llegar a  los corazones de la  multitud de creyentes que se agolparía al día siguiente en la plaza  para escuchar su bendición “Urbi et orbi”.


Deja solos a los dos ancianos   y discurre ahora  por el Mediterráneo. El caminar sobre sus aguas le hace rememorar tiempos lejanos, cuando lo hacía por el mar de Galilea, pero lo que ve le encoge el corazón.  Navega cerca  una pequeña embarcación atestada de gente con la humilde esperanza de olvidar el ruido de las bombas y dejar de derramar su sangre. El agua  entra con ansia  por el casco.  El zozobro no tardará en ocurrir.   Hace  frío y oscurece. La tripulación debe evitar a los guardacostas para intentar llegar a tierra firme si quieren pisar tierra prometida. Los ojos se inflan de espanto. Gritan y patalean. Una mujer con su hijo en brazos cae al agua y el oleaje los engulle al instante.
Deja aquel lugar y avanza en línea recta como lo tenía que haber hecho aquella desgraciada embarcación. Unos kilómetros tierra adentro hay un campo de refugiados. Tiendas de acampada agolpadas sin ton ni son y  con el agua y los alimentos racionados. Nada de  cenas copiosas y exageradas para celebrar el Nacimiento  como las que habrá esta noche  en muchos otros hogares. Los miles de acampados se alimentan con la ilusión de   una oportunidad para entrar en países libres de guerra donde labrarse un porvenir y sobre todo que les dejen vivir en paz.
 Cruza las alambradas  y ninguno de los soldados que protegen la frontera le impide el paso. Están ansiosos por terminar su turno y regresar a sus casas y  celebrar la Nochebuena con los suyos.
—¿Qué tal te ha ido el trabajo? —le preguntará la esposa  acariciándole la mejilla mientras  prepara el último plato. Un fabuloso rollo de carne mechada cubierto de  huevo hilado.
—Bien —responderá el soldado mientras comprueba la temperatura de las botellas de vino que habrá de descorchar después—. No se cansan de solicitar entrar al país — y añade contrariado—, por más que les tenemos dicho que no es posible.
 Abandona el lugar y aparece en el interior de un gran edificio en las afueras de una gran ciudad.   Es noche cerrada, pero dentro hay tanta luz que  cierra  un poco los párpados.  Un trasiego enorme de gente corre de un lado para otro y un aroma a café y bollería impregna el lugar cuando pasa por delante de algunos establecimientos. Escaparates y expositores  colmados de prendas, corbatas,  electrodomésticos,  joyas y un sinfín de cosas más hacen enloquecer a la gente que deambula cargada de bolsas repletas de objetos. Se apresuran para llegar a sus casas. Se les hace tarde para preparar la mesa para una cena tan especial como es la de Nochebuena. Compungido en lo que ve  se fija en un viejo famélico y desdentado que dormita sentado en el suelo con  la espalda apoyada contra la pared. Tiene cerca de sus pies un platillo metálico abollado con algunas monedas que apenas cubren el fondo. Dormita ajeno a las exigencias de un vigilante de seguridad acuclillado frente a  él y que le manotea en las mejillas.
 —¡Eh, viejo! Te lo he repetido muchas veces. Aquí no puedes estar —le grita agarrándolo de las solapas y poniéndolo en pie.

Meneó la cabeza pensativo.   Le asaltaba la idea de   olvidar que hubo una vez, hace mucho tiempo,  que vino al mundo en una noche como esta para entregar  su vida por amor. Al menos   aquella noche durante su visita,  un niño sintió enorme felicidad al encontrarse en su casa con un Belén de ensueño para asombro de sus padres.  Un bebé aferrado al pecho de su madre logró salvar la vida en unas aguas gélidas gracias a  que fue socorrida su embarcación por un guardacostas de manera totalmente casual (que nadie pudo explicar). Y de que un anciano decrépito abandonado a su suerte encontró esa noche un hogar que le acogiera para celebrar una Nochebuena como hacía tiempo que no recordaba y pasar el resto de sus días, sin lujos pero sin estrecheces y con afecto y que aquellos dos señores, representantes suyos en la tierra dieran la misa del gallo más sincera y emotiva de sus vidas. Un impulso renovado del espíritu navideño.
FIN

martes, 27 de diciembre de 2016

CUENTO DE NAVIDAD: UNA ADORACIÓN DE OCCIDENTE

 UNA ADORACIÓN DE OCCIDENTE

 El turbador silencio de la noche lo rompió un Ford Fiesta aproximándose a poca velocidad  junto  a la acera y Erika apretó su bolso.  Ese era su  nombre de guerra,  tan falso  —se decía ella— como mucho de lo que  rodeaba el ambiente navideño.  Se subió un poco más la ya  ceñida y corta faldita de cuero negro.  El aire gélido soplaba salvaje entre las destartaladas calles de aquel polígono industrial  y acuchillaba su cuerpo semidesnudo. La joven Erika   se contoneó dibujando bajo los destellos pálidos de una farola  los trazos de toda  la lascivia de la que era capaz con su silueta.  Juntó sus muslos  y se irguió para mostrar bien su trasero   y   sus pechos que ya de por sí   se dejaban  más que entrever bajo la    camisa roja  semitransparente   de encajes, completamente inútil para proteger del frío y  sólo pensada para encender la hoguera de la lujuria en los ojos de quien posara la mirada. A finales de diciembre y primeros de enero  era una época dura, de mucho frío, pero  propicia a la vez.  Muchas comidas y cenas de empresa y de amigos. Atiborrados de comida y nubladas las entendederas por el  alcohol  se llenaban empalagosamente  la boca de buenos deseos y feliz Navidad y  como colofón,  no pocas veces, acababan visitando   lugares como aquel  donde Erika  se afanaba para  dar todo el amor que se quisiera consumir.
 Amor completo por muy poco dinero.
Muchas  compañeras de Erika  en esas fechas se ausentaban  precisamente para celebrar la Navidad y Reyes  con su familia y eso le ofrecía      un mayor margen de negocio y  menos competencia.  Erika prefería quedarse.  Así  se  ahorraba  tener que fabularles   a sus familiares el modo en cómo se ganaba la vida.  Desde la silla tan desvencijada como sus esperanzas  en la que se sentaba mientras esperaba durante horas muertas  la llegada de clientes  contemplaba  las fachadas de  las empresas y   a través de sus  ventanas a empleados que recogían  su mesa  al acabar su jornada laboral justo cuando Erika comenzaba la suya.  Erika recelaba de la gente.   De vez en cuando alguna de sus compañeras aparecían llenas de moratones y golpes.  No podía fiarse de nadie. Ni siquiera de la Policía. Uno de los policías, un señor  algo mayor y con el cabello  largo y muy blanco  ya le había multado en varias ocasiones.   Erika pensaba que no tenía otra cosa mejor que hacer y que la buscaba obcecado  con el propósito de echarla de allí.  Decía que no podía exhibirse así  en mitad de la calle y Erika —inútilmente—  le suplicaba   que hiciera la vista gorda.  A esas horas, en las que ella se movía, nunca había visto pasar niños y que si alguna vez  lo hicieran ella se ocultaría a su vista. El policía, indiferente,  ladeaba la cabeza mientras  le entregaba la copia de la denuncia y  ella arrugándola con rabia la convertía en una bola de papel   justificándose en que si no vistiera así  los clientes no se fijarían en ella y buscarían a otras.
El Ford fiesta, conducido por un hombre de piel negra, que andaría sobre la treintena y que vestía algo desharrapado con una cazadora muy raída  se detuvo  al llegar a la altura de Erika y se produjo el buscado   cruce de miradas .
El viento glacial   calaba hasta el alma y aquel  destartalado coche y su conductor  hicieron desvanecer    las esperanzas de un cliente con la cartera repleta dispuesto a fundirla,   pero aún así Erika esbozó una magnífica sonrisa.
El conductor miraba como  el joyero que escudriña una piedra preciosa. Intentaba cuantificar cuanto placer podría conseguir de aquel cuerpo y a qué precio.
Erika agitando su cabeza echó hacia atrás su larga melena rojiza que antes llevara recogida   y  lanzó  un sensual beso  apoyándose en la ventanilla del copiloto  asegurándose  que  su  generoso escote se viera bien. Los ojos del hombre chispearon y  Erika supo al instante que habría  acuerdo.   Curtida en estas lides a pesar de su juventud en este tipo de comercio  lanzó una tarifa aumentada   que le fue le aceptada con una complaciente sonrisa y  subió al coche.  Ella le indicó un lugar para detenerse fuera del alcance de las cadavéricas luces de las farolas y cámaras de seguridad de las naves industriales. Él apagó el motor, pero  Erika, acariciándole su ensortijado cabello,  le pidió que no lo hiciera para así mantener encendida la calefacción. De repente, una luz azul   inundó el habitáculo  a ráfagas  y Erika frunció el gesto mientras    se recolocaba   la escasa ropa que llevaba encima. "No te preocupes  —tranquilizó a su cliente—. Las multas no suelen llegar",  le dijo.








Un policía de cabello largo y   blanco hizo bajar la ventanilla del conductor y mostró pronto sus intenciones:
—Buenas noches —saludó llevándose la mano a la sien—. Están vulnerando las ordenanzas municipales y   debo multarles.
En ese momento unos  llantos   rasgaron la noche y  los tres: policía, prostituta y  cliente  se  miraron con la sorpresa dibujada en los ojos quedándose inmóviles hasta que   Erika  cubriéndose con su abrigo de piel falsa con lunares   reaccionó y  salió  del Ford Fiesta.  Azuzó el oído apartándose la melena rojiza de las orejas   intentado localizar  la procedencia de aquellos lloros.  "¡Es un bebé!", gritó  y el policía  y su cliente negro la siguieron.  Las nubes que cubrían el firmamento se apartaron y una estrella que destacaba reluciente como una perla sobre las demás  parecía querer marcar  el camino a  aquella  extraña comitiva que por fin encontró al bebé   en un contenedor de basura   agitándose desconsolado.  El dueño del Ford Fiesta buscó en su maletero una manta raída  con  la que   Erika  envolvió al bebé y  el policía notificó a la central lo sucedido.   Mientras llegaba  la ambulancia,  el bebé   recibía los arrullos de Erika y ya, más calmado,  cesó de llorar  sintiendo como,  con mucha dulzura,  sobre su linda cabecita posaban sus  manos llenos de arrobo  la prostituta, el negro y el policía.


FIN

lunes, 26 de diciembre de 2016

LA LEY DE PARKINSON

LA LEY DE PARKINSON

"El trabajo  tiende a expandirse hasta ocupar todo el tiempo que  se le adjudica  a la realización de dicha tarea".

 Si para realizar un cometido le adjudicamos, pongamos por caso, una semana será al final de esa semana cuando nos apliquemos más para concluirla.
Todo esto lo saben muy bien los estudiantes. Por más plazo que le den sus profesores para realizar sus trabajos será al acercarse el cumplimiento de dichos plazos de entrega cuando se den el atracón para acabarlo   apresuradamente. Hay estudios realizados entre estudiantes universitarios que demuestran que cuanto más es la  flexibilidad concedida al alumno para entregar sus tareas peor es la calidad de estas porque las finalizan precipitadamente en los últimos días,  y por el contrario, cuanto más rígido y acotado es el calendario de entrega, mejores resultados obtienen. Es triste, pero los estudiantes y mucha gente en general tienden a sucumbir ante la desidia y rinden más y mejor cuando los plazos son exigentes y tienen menos libertad.
 Hay varios factores que hacen que no aprovechemos el tiempo y que mayor sea la cantidad de tiempo desperdiciado cuanto mayor sea el plazo de entrega asignado para la realización de la tarea. Uno es que tendemos a pensar que cuanto más tiempo le asignemos a una actividad mejor resultado obtendremos. Y esto no es siempre cierto. A partir de un cierto punto, más tiempo no redunda en mayor calidad.  Y puede ocurrir que ese tiempo lo empleemos para complicar innecesariamente la tarea precisamente por tener tiempo de más y que nos despistemos y no nos centremos en lo esencial. Otro factor es que tendemos a postergar las cosas (procrastinación) y al final, siempre nos pilla el toro.



Cómo actuar contra la ley de Parkinson

Evitar la ley de Parkinson equivale a ser más eficientes (luchar contra la pereza en última instancia y aprender a organizarse) y para eso un sencilla medida es limitar el tiempo asignado  a las actividades. En la oficina o en nuestro estudio. También limitar, reduciendo  el tiempo de las tareas más improductivas o relajadas como consultar correo electrónico, redes sociales, etc. y asignarles una franja horaria fija.
Hay un proverbio inglés que dice: "El hombre más ocupado es el que tiene tiempo de sobra". Quiere decir que este hombre no deja para después lo que puede hacer antes y precisamente por eso mismo dispone de más tiempo libre. Mientras que todos los que van postergando tareas al final hacen estas precipitadamente y además tienen un mayor nivel de estrés y peor rendimiento porque aunque no dedican el tiempo a hacer lo que tienen que hacer si están con la mente puesta parcialmente en esa actividad. Agobiados, pero no productivos.
Un buen truco sería el no llevarnos trabajo a casa, para obligarnos a hacer éste en la oficina. Aunque no siempre se puede aplicar,  ya quisiéramos...
La ley de Parkinson fue enunciada por el británico C. Northcote Parkinson en 1957 en un ensayo de cuatro folios que si queréis consultar aquí os dejo el enlace:


En dicho ensayo habla de cómo la Administración tiende a aumentar el número de funcionarios aunque el volumen de trabajo no se incremente  y que dicho aumento  genera  una espiral mayor de trabajo a cada uno de esos funcionarios  que tienen que mirar  cada uno lo que hace del departamento de al lado y viceversa. Es decir la burocracia genera burocracia.
Un vídeo en que el Eduard Punsett entrevista al catedrático de Psicología y conductas económicas  Dan Aiely por el MIT    y habla de procrastinación entre sus estudiantes.




miércoles, 7 de diciembre de 2016

CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES

Cuentos de Navidad y Reyes

Una cosa  lleva a otra y esta verdad de la vida es mayor aún si cabe cuando nos referimos a la lectura y los libros . Cuando se empieza a leer con cierta avidez  y te dejas inocular con su veneno no puedes escapar, el único respiro que te concedes  son cuando los quehaceres cotidianos reclaman tu presencia, los ojos agotados piden un descanso o el cerebro un cambio de actividad. En esta pirámide lectora que te atrapa es difícil saber que lectura propició aquella otra y esa otra cual originó a su vez.   En este caso, las lecturas de los Cuentos de Navidad y Reyes vinieron tras la compra que hice de una Tablet la cual me  llevó a instalar el Kindle para Amazón y aprovechando su oferta de descarga, el que me bajara de la red algunos libros de dominio público (gratis legales, para entendernos). Por esta circunstancia empecé a leer a Emilia Pardo Bazán. De la que sólo había oído hablar en  mis asignaturas de Lengua y Literatura de mis cada vez más lejanos años del Bachillerato.




Este libro es una colección de 18 cuentos ambientados, como deja claro el título en la Navidad.  Reconozco mi ignorancia. No había leído nada de Emilia Pardo Bazán, pero me bastó solo  leer algunos de los  párrafos de su primer cuento  "La Nochebuena de Papa" para que un profano como yo comprendiera al poco  de que estaba ante una escritora  excepcional. Después consulté las referencias bibliográficas de la escritora y confirmaron la sensación que me produjo su lectura. En muchas de las frases, Emilia Pardo Bazán hilvana sentimientos puros que nos acontecen a todos y lo hace con tal exquisitez que te quita el aliento mientras relees los párrafos.
No me sorprendió por tanto que sea considerada la mejor escritora del siglo XIX española. Y por supuesto, como podrán imaginar, me estoy entreteniendo, aprendiendo y disfrutando con otros cuentos  suyos. De hecho, escribió más de 500. Su novela "Los pazos de Ulloa" la dejaré para el verano. No sé, quizás pueda ser la Alice Munro española o mejor dicho, puesto que la española nació muchos años antes,  que Alice Munro sea la Pardo Bazán canadiense. Dejaremos este juicio a los expertos en literatura comparada...
En este portal digital "La ciudad de Seva" se puede leer muchos de sus cuentos e infinidad de títulos más:


domingo, 27 de noviembre de 2016

CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE

Reseña bibliográfica:
 Cuentos de amor, de locura y de muerte.

Este libro es una colección de relatos del escritor uruguayo Horacio Quiroga.  Escrito en 1917  y ambientando en la selva de Misiones. Una región fronteriza al noreste de Argentina con Brasil y Paraguay. Región en la que vivió el escritor voluntariamente para dedicarse a la floricultura (sin éxito) y donde se inspiró para este y otros libros como "Cuentos de la selva".
Todos los relatos se caracterizan por tener una gran intensidad. Tensión que se va acumulando poco a poco y hacen que el lector espere el desenlace con interés y mucha expectación, cosa que ciertamente logra conseguir el autor. Muchos de estos relatos recuerdan a los de Edgar A. Poe y a los de Kipling (que vivió y se inspiró de su estancia en la India). También algunos de estos relatos te dejan con el corazón ahogado en pena como "El hijo" y cuando se conoce la biografía del escritor uno lo entiende perfectamente. Otros relatos como "El almohadón de plumas" y  "La gallina degollada" son de terror y siguen el más puro estilo de Poe. Imprescindible su lectura. También hay relatos de amor, claro, pero siempre con un toque misterioso, especial como "Los ojos sombríos".




En casi todos los relatos, la selva es el escenario donde se desarrollan las historias revelando un ambiente hostil para el hombre y que consigue embaucar la atención del lector desde los primeros párrafos. Mascándose la cercanía de la tragedia y la muerte de manera inevitable.

Sobre el escritor:

Horacio Quiroga. Uruguay . El Salto (1878)- Argentina. Buenos Aires( 1937). tuvo una vida agitada y truculenta. Su padre murió por un accidente de escopeta y posteriormente un amigo del propio escritor murió fortuitamente por un disparo del escritor. Su casó y tuvo una hija, pero su mujer se suicidó, al igual que antes su padrastro.  Se volvió a casar con una amiga de su hija Egle veinte años menor que él y con la que tuvo una hija. Sufrió un cáncer gástrico que le llevó al suicidio mediante ingestión de cianuro.
A Quiroga se le ha considerado el fundador del cuento moderno y se ha dicho que sus relatos están escritos "a puño limpio"
En este enlace podéis leer el libro de 137 páginas:
Un comentario literario de uno de sus relatos que aparecen en el libro aquí:

jueves, 24 de noviembre de 2016

UN RELATO: PIEL DE ÉBANO

PIEL DE ÉBANO

 Mi piel de ébano no sería  obstáculo y el idioma lo aprendería pronto.  Trabajaría al principio como empleada doméstica en España y después quién sabe. Podía sentirme afortunada —dijo mi tío—.  Mi padre se empeñó en llevarme a la escuela todo el tiempo que pudo. El maestro  decía a mi padre que era muy buena alumna y que aprendía mucho y rápido. Por las noches, salíamos de la casita de adobe y  tumbándonos en unas esterillas de esparto,  bajo el cielo cálido y estrellado, le enseñaba a mi papá el nombre de muchas de las estrellas y constelaciones. Él reía y me miraba a mí más que al cielo. Decía que mis dientes de nácar formaban la constelación más bonita del universo.   Mi padre me libró de ir al curandero  para  hacerme esa cosa tan terrible que se hacía con todas las niñas. La prima Ceyma murió   tras una horripilante infección después de que el curandero usara   una chuchilla  casi tan oxidada como los cascos de los   buques abandonados que   encallaban  en las costas rocosas donde rompía con furia el Atlántico.
Pero unas fiebres se llevaron a  papá al cielo  y entonces mi tío convenció a mamá. Me llevó al puerto. Allí le esperaba  un desconocido   que tras soltar unos  cuantos billetes me agarró del brazo como si fuera el asa de un cántaro de su propiedad.   Por la manera en que mi tío guardó   el dinero y  esquivó mi mirada  una mala sensación me embargó.
Ahora  en España todas las noches recuerdo a mi padre. Vivo en una casa con jacuzzis  que al caer el sol enciende   luces de neón   rosas, rojas y azules.    Esas  luces  se reflejan en el cristal de mi ventana y se proyectan sobre las sábanas de mi cama, sobre mis muslos y  en el vientre. Mientras  los hombres  babean y besuquean mis pechos y se echan sobre mí y gimen de placer  me distraigo observando los reflejos  rosas, rojos y azules sobre sus velludas espaldas y luego cierro los ojos.
 Hay un pueblo cerca.  A través de la ventana veo  sus lucecitas. Supongo que muchos de los que  vienen vivirán allí. Me pregunto si tendrán hijas. Oscar y José, los dos chicos que sirven copas en  la barra,  nos regañan cuando los clientes no  piden bebidas.   Pasan por aquí muchos hombres. Viejos y jóvenes. Guapos y feos. Se hacen los interesantes. Y nosotras siempre sonriendo. Tenemos que fingirles buena cara. Y si alguna no obedece, Diego, el dueño del local, le pega.  
Las primeras veces sentí náuseas, pero ya no. Te acostumbras a todo.  Al horror también. He perdido la cuenta de los hombres  que han pasado por mi habitación. De cuantas lenguas han baboseado mi piel de ébano que tanto les gusta y aún así el dueño  dice que le debemos dinero  y que tengamos mucho ojo porque somos ilegales y  nos deportarán. Deportarnos a dónde —me pregunto—. Qué lugar peor que éste.
Por las noches cierro los ojos. Lo hago para no sentir ese asco  que te cimbrea hasta las entrañas. De pequeña me gustaba la noche, ahora la aborrezco. Una luz roja en la habitación es la señal del dueño para avisarnos de que el cliente debe marcharse. El dueño nos cobra por estar aquí y no deja de amenazarnos con hacernos daño.
Llega un cliente. Se desabrocha el cinturón  sin decir palabra. El sonido de la hebilla  contra el suelo rompe mis tímpanos y me rasga el alma.  Sus piernas son blancas y muy finas para su abultada cintura.  Su sonrisa enseña unos dientes amarillentos. Me acuerdo de las noches estrelladas de mi aldea y de mi padre. Coloca  sus manos en mis hombros y empieza a babosearme.
Cierro los ojos.
De repente, comienza a agitarse y se lleva la mano al pecho. Deja de respirar. Miro  en su bolsillo y cojo su cartera de cuero negro. Tiene su documentación y  algunos billetes. La luz roja tardará unos minutos en encenderse. Es la oportunidad. Salgo al pasillo y bajo las escaleras despacio. Al fondo está la puerta de  salida. Hay un vigilante, se llama Paco, y es  corpulento.  Si consigo  ganarle unos metros a la carrera antes de que reaccione quizá logre escapar. Me quito los zapatos con tacones de vértigo.  Cuando iba al colegio descalza era la que más veloz corría por las dunas.  Un frío terrible  envuelve  mi cuerpo.  Llevo una falda muy corta y una transparencia.  Esta ropa no está hecha para el frío, solo para la lujuria de saldo. Escucho la voz de Paco ¡Eh, Lorena! ( nombre de guerra con el que me bautizaron en el local); ¡Eh, guarra! Dice después, pero  afortunadamente lo escucho  más lejos. Sigo corriendo. Tengo que llegar al  pueblo.  Los camareros corren detrás mía, son más rápidos que el vigilante.  Calibro mis fuerzas  y la distancia que nos separa.
Mejor morir.
 Están a punto de alcanzarme cuando veo unas luces azules girando al borde de la carretera y un vehículo de color blanco y verde. Mis perseguidores dejan de gritar y eso me da fuerzas. Distingo a dos personas de uniforme al lado del  vehículo. Uno de ellos, al verme casi desnuda y tiritando de frío exclama: <<¡Mujer!>> y  saca una manta  del maletero para que me tape, mientras  aún distingo entre las sombras   los ojos brillantes de mis perseguidores.
En la comandancia de la Guardia Civil  un tercero  me sirve  café caliente e informa a los otros dos que han llamado diciendo que hay un cadáver en casa Ana. Entonces les muestro la cartera de cuero negro  y   digo que sé quién es el muerto.
Debe de ser alguien  importante (me digo) porque los tres uniformados  han dado un respingo al ver la documentación, pero lo cierto y lo duro  es que importantes o menos importantes  muchos han sido los hombres  que han pasado por allí.
Uno de los Guardias Civiles me aparta la mirada y asiente entristecido. 
Parece haberme leído el pensamiento.


FIN


martes, 15 de noviembre de 2016

VEINTE POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA

VEINTE POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA

El pasado octubre paseando entre los expositores de una improvisada feria del libro en mi pueblo me topé con esta obra de poesía de Pablo Neruda.      La obra en cuestión tiene ya casi cien años de antigüedad (fue publicada en 1924) que se dice pronto, pero su lectura es fresca por que nos habla de sentimientos y los sentimientos no son rancios, ni caducos, ni modernos ni antiguos, son los que son y acompañan al hombre y a la mujer (cada uno a su manera) desde la noche de los tiempos. Veinte poemas de amor y una canción desesperada es un canto al amor y al desamor. Al recuerdo del sujeto amado y a la tristeza de su ausencia.  Un recuerdo   de ese amor extinguido del que solo quedan  ascuas como vestigio  de aquella gran pasión que una vez encendió los corazones de  los amantes. Y un canto a la naturaleza siempre escenario y testigo del amor y su fuga. En definitiva, un lloro callado  al desamor, pero también un cántico a la alegría del amor que le precede.





A continuación, reproduzco los versos que más me han gustado.  Todos ellos muy conocidos.
Poema 12.   Para mi corazón...
"Es en ti la ilusión de cada día.
Llegas como el rocío a las corolas.
Socavas el horizonte con tu ausencia.
Eternamente en fuga como una ola."
Poema 15.  Me gustas cuando callas
Me gustas cuando callas porque estás como
ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
Y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
Emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tus silencio
Claro como una lámpara, simple como una anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como
ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Poema 18.  Aquí te amo...
"Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose".

 Poema 20. Puedo escribir los versos...
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que ni amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los
Mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro, será de otro.  Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta, la tuve entre mis brazos
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y
Éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

FICHA TÉCNICA:
TÍTULO: VEINTE POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESPESPERADA.
AUTOR: PABLO NERUDA.
EDITORIAL: LUCEMAR
PRECIO: 3€
EDICIÓN DE BOLSILLO
ISBN: 9789807716048

SOBRE EL AUTOR:

Pablo Neruda (1904-1973) nació y murió en Chile. Su verdadero nombre fue Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Y desde los 17 años comenzó a usar el seudónimo con el que sería mundialmente conocido. Recibió el Nobel de literatura en 1971.  Veinte poemas de amor y una canción desesperada la escribió con tan solo 19 años y fue el inicio de una trayectoria brillante en el mundo de la poesía. Fue diplomático y llegó a ser Cónsul en diferentes países del continente asiático y también en España. Amigo de Federico García Lorca y compungido por su fusilamiento abraza la causa de la República dentro y fuera de España. En 1945 se une al partido comunista y cuatro años más tarde se exilia en París hasta que regresa a su país en 1952. Con el gobierno de Salvador Allende fue nombrado embajador en París en 1969.
Muere el 23 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile pocos días después del golpe militar de Augusto Pinochet.

Otras obras suyas son "El habitante y esperanza" "Los versos del Capitán" y "Las uvas y el viento".