Evaluación de los sentimientos.

El laberinto sentimental: Evaluación de los sentimientos. buenos y malos sentimientos. VIII y penúltima parte.
Una idea recurrente que en las siete entradas anteriores acerca del complicado mundo sentimental es que  el balance sentimental es el resultado de varios factores:
- Creencias.
-Nuestro estado de ánimo y nuestra situación personal.
-Nuestros deseos y necesidades.
-Nuestro carácter y personalidad. Expectativas.

los sentimientos cumplen una función adaptativa, son fenómenos naturales que nos incitan a la acción. La palabra emoción proviene del verbo latín movere (que significa moverse) más el prefijo "e", significando algo así como "movimiento hacia", es decir, el sentimiento, la emoción lleva implícita una tendencia a la acción.  A pesar de ser fenómenos naturales, digan si quieren programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución, los sometemos a evaluación. En otras palabras, no solo sentimos sino que juzgamos lo que sentimos. Intentamos aplicar la inteligencia al laberinto sentimental. Experimentamos miedo que nos apremia a huir o a escondernos y, sin embargo, decidimos aguantar. La ira nos atrae hacia su remolino, pero nos resistimos a dejarnos atrapar por ella. El sexo nos impulsa a lo genérico (cualquiera con cualquiera), pero el amor nos lleva hacia lo individual. Pero la cuestión es ¿Qué criterios aplicamos para evaluar los sentimientos?
1.Eliminar y desechar aquellos sentimientos que nos sumergen en la tristeza.
2. Identificar los buenos sentimientos de los malos.

El ser humano siempre ha deseado alterar su estado de ánimo. ¿Es posible hacerlo? ¿Es posible cambiar? En muchas ocasiones los sentimientos son adecuados a la situación real y la única solución para cambiar el estado de ánimo es cambiar la realidad. Esto es posible unas veces y otras no. En algunas ocasiones, el sujeto puede cambiar la realidad pero prefiere no hacerlo y opta por cambiar el sentimiento. Aquí entran en juego, a veces, soluciones de maquillaje como el alcohol, los tranquilizantes, los estimulantes, etc. Alteran el resultado del balance sentimental haciendo trampa.
¿Quién no prefiere la alegría a la tristeza, la calma a la angustia, el ánimo a la depresión, el amor a la envidia, la generosidad al odio? Lo malo es que al llegar a la edad adulta nos encontramos con un estilo sentimental hecho que forma nuestra personalidad.
Parece que hay personas que experimentan sentimientos positivos, agradables y estimulantes con más frecuencia que otras. Para algunos autores como Jahoda, la habilidad para disfrutar de la vida es un criterio de salud mental.
Una parte de la razón por la que hay personas más propensas a estar contentas y felices hay que buscarla en la genética y en la fisiología. Hay personas que  tienen algunos genes que producen determinadas sustancias similares al prozac, indudablemente serán más propensos a estar contentos. (La parte negativa, parece ser, es que tanto el prozac como estas sustancias naturales químicamente parecidas disminuyen el deseo sexual. Bueno, alguien dirá, todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Los que se ríen mucho y son más felices tienen menos sexo, alguna pega deberían tener...)

Se ha comprobado que aquellas personas que tiene su lóbulo frontal izquierdo más activado poseen más afectos positivos, mientras que los que tienen más activado el lóbulo derecho sufren más cuadros depresivos.
Esto, sin duda, determina nuestra personalidad, pero no son los únicos factores. El niño aprende muchas respuestas sentimentales. Aprende miedos, aprende el optimismo o el pesimismo, el apego o el desapego.
Con la aparición de los fármacos que alteran el estado de ánimo se plantea la duda de si sería conveniente eliminar todos los sentimientos desagradables y arrojarse a los brazos de los euforizantes químicos. La solución pasa por analizar la realidad y el balance que hacemos para ajustarnos a ella. Las personas pueden cambiar de manera abrupta (crisis, traumas)  o bien de manera continua. Sobre este último modo intentan trabajar las terapias de ayuda.
Un grupo de terapias intenta cambiar la situación real que vive el sujeto. Creen que hay fallos en la comunicación. Dan mucha importancia al fenómeno del “doble vínculo“ en la que se emiten mensajes contradictorios que angustian al sujeto. Los tratamientos farmacológicos también intentan cambiar la situación real, en este caso, la situación fisiológica del enfermo.
En general los procedimientos de cambio intentan reeducar los impulsos, el sistema de creencias, la opinión del sujeto que tiene de sí mismo, o todo a la vez. Ya saben, los ingredientes de nuestro balance sentimental.
Un buen método para lograr este cambio es la acción. De ahí la importancia de los programas de autocontrol. Cuando actuamos, podemos conseguir crear nuevos hábitos y ser conscientes de la posibilidad de cambio y eso hace aumentar nuestro sentimiento de eficacia. De todos modos no hay que echar las campanas al vuelo. Los cambios personales son lentos y limitados. Además puede producirse una falsa paradoja. El malestar nos impele al cambio, a actuar para modificar las cosas. En cambio la satisfacción nos lleva a la indolencia. Es lo que dice el refrán “ El hambre agudiza el ingenio y que la saciedad solo produce sueño”. El bienestar es perezoso y solo el malestar nos lleva a crear. Pero esto es un falso dilema. El hombre es laborioso por naturaleza. El hombre encuentra placer en la actividad. De hecho, los humanos soportamos muy mal la inactividad. Nos preocupa ver a un niño pasivo e indolente que no juega, ni se mueve. Igual con un adulto.
Para Tomkins, la personalidad afectivamente equilibrada aparece cuando el aprendizaje de sentimientos se hace mediante recompensas y no mediante castigos. Cuando los padres del niño le ayudan a evitar las situaciones afectivamente negativas pero sin enseñarle a suprimirlas cuando estas ocurren. En este caso, colaboran con él para atenuar su malestar, ayudándole  a afrontar la aflicción. El aprendizaje erróneo se da  cuando los padres regañan al niño por su torpeza.
Un buen aprendizaje sentimental nos debería llevar a la felicidad.  El mejor carácter será  el que nos haga más accesible la felicidad. El problema está en dilucidar qué es la felicidad. Menuda cuestión. Ahondemos en ella un poco. Se pueden distinguir dos tipos de felicidad. La objetiva y la subjetiva. La felicidad objetiva sería el nivel de derechos que como seres humanos nos hemos otorgado. Ya no lo valoramos, pero en la Naturaleza no hay derechos, sino fuerzas. Y nosotros, nos hemos esforzado en darnos unos derechos. Sino que se lo pregunten a los refinadísimos griegos y romanos. No consideraban a los esclavos personas.  No eran sujetos de derechos, sólo objetos de ello. Si sus dueños los abandonaban no recuperaban la libertad, tan solo eran servus sine domino, una cosa sin dueño. Solo sobre la base de este nivel de felicidad objetiva podremos construir la felicidad individual.
La felicidad subjetiva puede encontrarse en el sentimiento de seguridad, que nos libra de los miedos (felicidad sería ausencia de miedo) y nos capacita para disfrutar de las relaciones personales. También en el sentimiento de plenitud. Ortega asimilaba la plenitud con la ocupación. Hay ocupaciones felicitarías. Séneca decía que la excelencia de la vida bienaventurada consistía en su plenitud. En definitiva, la felicidad la podemos encontrar en la acción, en la actividad. ¿Quién que se halle totalmente absorbido por una ocupación, se siente infeliz? Este sentimiento aparece cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva.´
Dejo para la próxima entrega analizar los buenos y malos sentimientos. Espero sinceramente que les haya resultado interesante esta entrada. Si es así déjenlo constar y si hacen comentarios me sentiré muy contento.

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