LA MOTIVACIÓN II

LA MOTIVACIÓN II PARTE
En la antepenúltima entrada al blog hablamos de la motivación, y expusimos un breviario con los conceptos fundamentales de la motivación (ver Motivación I parte) (aliciente, refuerzo, motivo, meta y motivación) conceptos muchas veces difusos y poco claros, como la diferencia que existe entre la meta y el motivo, entre el por y para.
Para explicar la motivación hay no pocas teorías pero de una manera general se puede proponer un mecanismo que la explica. Y es que la  motivación es el resultado de tres factores: Motivos, variables intermedias  e incentivos.
En esta entrada vamos a analizar un poco cada uno de estos tres factores de la tríada de la motivación:
1º Factor
Motivos
Clark L. Hull fue a mediados  del siglo pasado el teórico con mayor prestigio en el campo de la motivación.
Hull elaboró una ecuación sencilla para explicar la conducta:
 Motivación= Impulso x fuerza del hábito x incentivo
La fuerza del hábito sería una de las variables intermedias. Por ejemplo, la tendencia a actuar de una rata de laboratorio (Motivación)  para buscar comida dependería de número de horas de privación de comida (impulso) y del número de veces que ha recorrido el laberinto (hábito).
Hull consideraba que somos hijos de nuestros deseos, de nuestras costumbres y de nuestros incentivos.  Decía también que el hábito se convierte en nuestra segunda naturaleza. Quizás por eso sea tan importante para eliminar malos hábitos, como el fumar, erradicar ciertas costumbres asociadas e instaurar otras.
El único inconveniente de estas fórmulas es que para que una multiplicación tenga sentido matemático deben manejar números y no cosas. Doce rosas por tres delfines no me da nada. Lo interesante de esta ecuación es que si alguno de esos tres factores (impulso, hábito e incentivo) son cero, entonces la motivación será nula. En multiplicación cualquier número multiplicado por cero da cero.

Los psicólogos han trabajado para descubrir los motivos básicos  y medirlos. Cosa nada fácil. McDougall identificó dieciocho como: búsqueda de alimentos, aversión, sexo, huida, curiosidad, conducta protectora, gregarismo, autoafirmación, sumisión, atesoramiento. Después, Henry Murray elevó esta cifra a veinte: afiliación, agresión, asistencia, autonomía, conocimiento, crianza, defensa, deferencia, exhibición, humillación, juego, logro, oposición, orden, rechazo, sensibilidad y sexo.
Maslow rechazó este listado porque daban por sentado que todas estas necesidades (motivos) eran iguales e independientes. Propuso una jerarquización. En la base, las biológicas, las primeras que deben satisfacerse, después aparecería otro nivel: necesidades de seguridad (estabilidad, protección, ausencia de miedo, estructura, orden, etc). Después de satisfechas éstas, un tercer nivel: pertenencia y amor. Hasta un cuarto y quinto nivel: necesidades de estimación, fuerza y prestigio y necesidad de autorrealización en la cúspide. (La famosa pirámide de Maslow)


Este descubrir motivos o necesidades puede seguir el mismo camino que el de las teorías de los instintos. Se comenzó reconociendo unos cuantos y se terminó por identificar 14046.
Sobre los motivos es interesante el experimento de Barheim, uno de los maestros de Freud, que dio a una mujer hipnotizada la orden de que una vez despierta fuera a un rincón de la habitación y abriera un paraguas. Así lo hizo, y al preguntarle por qué lo hacía respondió que para comprobar que era suyo.
¿Qué apareció primero en la conciencia de aquella mujer, el impulso de abrir el paraguas o la ocurrencia de comprobar si era suyo? ¿Cómo surgió esa racionalización de un hecho automático? Si pudiéramos saber como el ser humano racionaliza hechos automáticos o inconscientes se abriría un puerta a un campo inmenso de conocimiento. Nuestro inconsciente procesa muchos más datos de lo que pensamos y decide por nuestra parte consciente. Aunque creamos que somos nosotros y de manera racional los que estamos eligiendo. Es nuestro inconsciente el que decide muchas veces la casa que se compra, la pareja, etcétera, etcétera.
McClelland, un gran psicólogo estudió profundamente este campo de los motivos. Es un asunto difícil porque tenemos que deducir los motivos a partir de la conducta que vamos a explicar después con ellos, es decir, inferencias irrebatibles pero tautológicas. Si una persona busca relaciones sexuales diremos que tiene motivación sexual. Si se va de vacaciones, que tiene motivación para el descanso. Eso sirve de poco.
Tenemos que aislar los motivos con independencia  de las conductas que motivan.
McClelland postuló que los motivos era la versión psicológica de las necesidades. Se dio cuenta que los motivos producen muchas ocurrencias, de manera que si pudiéramos medir la recurrencia de un tema, el número de veces que aparece un asunto en la corriente espontánea de conciencia de un individuo, dispondríamos de un método seguro para medir sus motivos.
Freud decía que los lapsus linguae se producían cuando lo reprimido ya fuera una mentira o un deseo, escapaban a nuestro control consciente. Se dan sobre todo en momentos de ansiedad, estrés o más habitualmente por una pérdida de atención  y pueden dar pistas de las motivaciones ocultas incluso a nosotros mismos.  
Las necesidades se perciben como una conciencia de la falta de algo, de una carencia, de un objeto aún sin definir. Como esa sensación de tener una palabra en la punta de la lengua. Pero cuando la necesidad conoce el objeto que precisa, entonces la necesidad no es un impulso sino  que será un reclamo que nos llega de fuera, la seducción de un objeto. Cuando la  necesidad ha precisado el objeto se convierte en deseo.
Con todo esto McClelland estudió las motivaciones humanas esenciales: el motivo de poder, el de afiliación, el de evitación de daño y el de eficacia. Las personas que sienten más vivamente el motivo de eficacia persisten más en la tarea, prefieren las responsabilidades y les gusta hacer cosas y saber cómo lo están haciendo. Algo así como personas con una voluntad decidida.
Uno de los más poderosos sistemas motivacionales que tiene el ser humano es sentirse capaz de realizar una tarea. Esto tiene implicaciones en el mundo educativo.  De Charms expuso la necesidad que tenemos de sentirnos autores de nuestra conducta e intentó aplicarlo al mundo educativo. Enseño a sus alumnos a pensar en sí mismos como “protagonistas” o como “marionetas”. Los que se comprendieron a sí mismos como sujetos capaces de actuar aumentaron su deseo de éxito y sacaron mejores notas. Por lo visto, sentirse mejor mejora el rendimiento. Albert Bandura indica que nada más influye en la vida de una persona que la idea que tenga sobre su propia eficacia.
Otro de los motivos más importantes y centrados en la eficacia del yo, además de sentirnos capaces, es el deseo de poder. Necesitamos controlar nuestro entorno, influir o dirigir la conducta de los demás.
¿Existirá alguna relación entre estos motivos centrados en la eficacia del yo y la voluntad?
2º Factor
Incentivos o valores.
Es el otro extremo de la triada motivacional. Es todo aquello que nos atrae o repele, encanta o espanta, incita o desanima. Este elemento recibe muchos nombres, pero vamos a estudiarlo bajo la denominación de “valores”.
No existen valores totalmente objetivos. Los valores son siempre para un organismo. La hermosura de una hembra de puerco espín es sin duda una característica real suya, pero sólo se rebela ante los ojos encendidos de un puerco espín macho.
En este sistema motivacional la estructura circular es predominante. Sin motivo no hay meta, pero sólo la meta activa el motivo. La tendencia a actuar nos lleva a la meta y la meta promueve la tendencia. Sólo podemos afirmar que en el sujeto hay una previa capacidad que puede ser activada por un valor. Si el valor no aparece, el motivo permanece latente. Yo, particularmente he descrito mi afición a correr como la situación en la que se encuentra un hámster dentro de su jaula en una rueda giratoria, que gira y gira sin parar. Corres por algunos motivos, esa acción te lleva (no a todo el mundo) unas metas y resultados que a la vez te estimulan para seguir haciéndolo para renovar esas metas y conseguir otras diferentes. Con alicientes y reforzadores nuevos que se van añadiendo a los anteriores. Por ejemplo, al principio, perder peso, después mejorar marcas, después competir mejor, después no perder lo conseguido y así sucesivamente.
Algunos valores son innatos, no es necesario aprenderlos. Si el conejo tuviera que aprender que el halcón es un estímulo perjudicial, no quedarían conejos para contarlo. El sabor amargo es desagradable. Todos los niños temen a rostros desconocidos, a una edad determinada.
Los incentivos van a actuar sobre los motivos desarrollando el sistema motivacional, aunque es justo reconocer que también las metas y los objetivos influyen en los motivos. Pero esto sería meterse en otro laberinto. Dejémoslo y vayamos al tercer factor:
Variables intermedias
Las teorías conductistas mantienen que  las respuestas se fortalecen cuando van seguidas de una recompensa. Es decir, lo valioso viene después de la acción. También es muy importante las expectativas de poder conseguir el fin. Un valor inaccesible resulta poco motivador. El aprendizaje ha sido una variable intermedia, pero actualmente lo que importa no es tanto su capacidad para establecer rutinas eficientes, cuanto las ideas y sentimientos acerca de la accesibilidad del valor y de la propia aptitud para alcanzarla. Este factor realiza una segunda evaluación del incentivo, que tiene en cuenta no ya el deseo o motivo ni el incentivo, sino la propia capacidad del sujeto. Lo que está en juego no es el atractivo del fin sino la facilidad o dificultad para conseguirlo. Este tercer factor es realmente un cajón de sastre y ha recibido muchos nombres. Aristóteles habló de virtudes y vicios, hábitos operativos que hacen más fácil y agradable la acción.  Hull lo llamó “hábito”, Atkinson “posibilidad de triunfo”, Lewin “distancia psicológica”. Podríamos llamarlas también variables ejecutivas.
A la hora de determinar nuestra capacidad para lograr el éxito, es muy importante la manera que tenemos de evaluar. No nos comportamos de la misma manera si pensamos que el resultado depende de nuestra acción, que si creemos firmemente que depende de causas ajenas, de la suerte o del destino. ¿Quién tiene el control? La respuesta que cada uno de a esta cuestión es fundamental para reevaluar el incentivo y para empujar a la acción. (Teorías atributivas de la motivación).
Las expectativas de éxito dependen, pues, de las creencias generales que tenemos sobre nuestra capacidad de dirigir los acontecimientos. Para Albert Bandura la autoeficacia también se aprende. Quizás ningún factor influya tanto en la vida diaria de un hombre como la opinión que tenga de su eficacia personal. En el polo opuesto estaría  la impotencia aprendida (M. Seligman) que propicia la aparición de depresiones y fomenta un sentimiento fatalista de la vida.
Carol Dweck, psicóloga, observó que los niños en edad escolar difieren en su respuesta ante el fracaso en una tarea académica. Distinguió dos estilos. Unos dicen “no valgo para esto” y acaban haciéndolo peor. Los otros dicen: “Lo he hecho mal, pero la próxima vez lo haré mejor”. Esta diferencia se debe a que cada grupo persigue una meta diferente. Los primeros el resultado. Los segundos, la destreza. (Ver Actitudes de éxito)
En resumidas cuentas al resultado de estos factores: motivo, valor y variable intermedia o ejecutiva se le llama “tendencia activada” o más habitualmente “motivación”. Esto sería las ganas de hacer algo. Aunque sería conveniente distinguir entre tener “ganas de algo” y “tener ganas de hacer algo”. Puedo tener ganas de perder tres kilos de peso pero ni pizca de ganas de correr 12 kilómetros diarios para perderlos.
La motivación surge cuando se activan las ganas de hacer algo. Y para tener ganas de hacer algo, además del deseo, debe de acompañar la ocasión y la capacidad de hacerlo y la confianza en esa capacidad.
¿Queda explicada la conducta apelando a las ganas? Evidentemente no. Porque no hago todo lo que tengo ganas de hacer, ni hago sólo aquello de lo que tengo ganas. Este es el punto flaco de las teorías de la motivación. Las ganas predisponen a la acción pero no nos lanza automáticamente. Hay otro elemento muy importante: Las emociones. Los sentimientos.
Espero que les haya resultado interesante este entrada. En la próxima ocasión seguiremos abordando la motivación enfocándola al mundo educativo. Espero sus aportaciones y comentarios.

Comentarios

  1. Bien se ve que este es un tema enjundioso por lo prolijo de tu discurso. En mi opinión, la teoría de la motivación es una forma de estudiar la relación existente entre el acto volitivo racional y el elemento emotivo irracional. Es muy significativo que emoción tenga la misma raíz que mover, es decir, emoción es todo aquello que nos conmueve y nos conmina a la acción. Tras la lectura de tu entrada queda claro que las acciones humanas poseen una intención elaborada de forma consciente y un componente emocional que subyace y/o refuerza esas acciones. No está claro si la motivación actúa antes o después del acto pero yo me inclino a pensar que en ambos casos.

    No estoy totalmente de acuerdo en la asimilación que hacen algunos psicólogos de las motivaciones y las necesidades. Estas últimas van dirigidas, sobre todo en los niveles básicos, a la supervivencia y a la salud física y también psíquica del ser humano, están más referidas a la esfera biológica, no se pueden elegir conscientemente, mientras que los actos humanos fundados en la motivación son en todo autoafirmaciones del yo, elegimos actuar de una manera y no de otra, elegimos hacer eso y no aquello.

    Estoy, sin embargo, muy de acuerdo en la importancia de la creencia en las propias capacidades, en la propia eficacia. Es una variable que está presente en casi todas las motivaciones para la acción, un componente básico que hay que cambiar en las personas con baja motivación.

    Por último añadiría que según mi criterio los elementos motivadores se pueden clasificar de forma muy simple en tres grupos:

    - El amor a uno mismo: aquí entra el sexo, el dinero, la belleza, el poder, pero también el afán de conocimiento, el afán de superarse y ser mejores. Este desde luego es el grupo más numeroso.

    - El amor a los demás: aquí entrarían todos los actos que se hacen en beneficio de otros, cualesquiera que sean.

    - El amor a Dios: en nuestro mundo occidental quizás esto no nos motiva demasiado pero seguro que sí lo hace y de una manera muy fuerte en los terroristas suicidas de la yihad islámica, por ejemplo.

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  2. Observo que a pesar de la enjundia de la cuestión has asimilado muy bien todo esto acerca de la motivación. Efectivamente la motivación con su origen etimológico en emoción "que nos mueve a" es una tendencia a hacer algo y esta tendencia está al principo, marcada por los deseos, que ya vienen de serie, son los que son y no se pueden cambiar, tan solo ampliar e hibridar y culminada esta acción con los alicientes, el estímulo de la recompensa que puede actuar como reforzador para seguir motivándonos y repetir la actuación. Además una vez conseguida la meta, esta puede actuar como nuevo aliciente o bien nuevo motivo para perseverar, es decir, seducirnos desde lejos a nosotros mismos.

    La clasificación que haces de elementos motivadores es muy interesante. En definitiva los elementos motivadores son los deseos o motivos y son básicamente tres:

    -Sentirse bien
    -Sentirse vinculado afectivamente a un grupo
    -Ser capaces de hacer cosas, sentirnos competentes.
    En estos tres grupos se puede encasillar todo lo que queramos.
    Muchas gracias por tu aportación.

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