El laberinto sentimental IV parte. El sujeto que siente.

El sujeto que siente. Criterios de evaluación sentimental.
En la entrada anterior, hablamos de la influencia decisiva que ejerce la madre en el desarrollo emocional y por tanto intelectual  en el niño en sus primeros años de vida. Terminamos distinguiendo entre carácter y personalidad. Dijimos que el  carácter está configurado por nuestros esquemas sentimentales, por nuestro estilo de sentir. Podríamos resumirlo así:
Constitución + hábitos aprendidos = carácter
La personalidad sería más que un modo de ser (carácter) un modo de actuar.
Carácter + comportamiento= personalidad.
Ahora vamos a centrarnos en cómo la persona experimenta los sentimientos.
El sujeto que siente
 Los sentimientos son experiencias conscientes en las que el sujeto se encuentra implicado. Los fenómenos afectivos aparecen en nuestra conciencia sin que intervengamos. Más que autores somos víctimas o beneficiarios. ¡Quién pudiera elegir su amor, disipar la vergüenza, enfriar el odio, calmar la angustia, prender la alegría o animar el aburrimiento! El hombre ha intentado todo para cambiar el estado de ánimo a demanda. Todos los sentimientos hablan de  la persona, pero mientras uno son confidencias sobre el estado de uno, otros nos hablan del estado de nuestro entorno.
¿Pero quién es ese sujeto que experimenta sentimientos? ¿Por qué ante unos mismos estímulos, unos sienten miedo y otros no? Es evidente que todos sentimos miedo, pero no todos sentimos miedo ante las mismas cosas, ni con la misma intensidad. Igual puede decirse de todos los demás sentimientos, como el amor. ¿Por qué unos buscan continuamente la aventura y otros el refugio? En definitiva ¿Por qué sentimos lo que sentimos? Veámoslo:
Imagen tomada de: http://www.yoan-capote.com/exhibitions/openning/psicomorfosis/8.html

Criterios de evaluación
Las teorías modernas nos dicen que los sentimientos son producto de una evaluación cognitiva de la realidad. Una evaluación casi automática e inconsciente. Ya lo dijo esto hace muchos siglos un esclavo talentoso, Epiceto: “Al hombre no le hacen sufrir las cosas, sino la idea que tiene de las cosas”. Quédense con esta idea porque es tremendamente perspicaz y da en el blanco, alumbrando nuestro laberinto sentimental.
Los sentimientos dependen en un primer momento de dos evaluaciones previas. La primera nos dice si la situación es beneficiosa o perjudicial para nosotros, agradable o desagradable. La segunda juzga nuestra capacidad para enfrentarnos a ella. Tememos los sucesos que no podemos dominar. Pero hay más evaluaciones. Aunque el sentimiento nos aparezca bruscamente, previamente nuestra mente ha evaluado. A continuación una nueva evaluación nos dice si lo que nos hemos representado como atractivo o repulsivo, está presente o ausente. Un mal presente produce daño, tristeza; un mal futuro, miedo, angustia. Un bien presente, alegría; un bien ausente, deseo. Un bien perdido, melancolía.
Una nueva evaluación nos informa de la probabilidad de que se produzca lo que queremos o tememos. Un bien ausente probable si vive esperanzadamente. Un bien futuro improbable con inquietud. Un bien futuro imposible, con desesperanza.
Más evaluaciones. Dependiendo de la idea que el sujeto tiene sobre si merece o no el resultado. Rabia, orgullo, envidia, vergüenza, culpa, surgen en esta evaluación.
La quinta y última evaluación se refiere a la atribución de la causalidad. ¿Qué o quién ha causado el suceso? ¿Ha sido voluntaria o involuntariamente? Una desgracia no se sufre afectivamente igual si ha sido accidental o voluntariamente provocada.
Estas teorías de la evaluación están muy bien, pero no dan respuesta a la cuestión ¿Por qué las personas tienen distintos sistemas de evaluación? ¿Cuál es su génesis? ¿Se heredan o se aprenden? Vamos a estudiar una emoción, el miedo y después otra el amor que van a servir como ejemplo para estudiar cómo funcionan los sentimientos. Pero antes de eso, les adelanto otra característica fundamental del sentimiento: Son  esquemas interpretativos. De la misma manera que cuando vamos a un restaurante activamos el esquema correspondiente. Esperamos que el camarero nos indique donde podemos sentarnos, a que el maître nos traiga la carta, a elegir los platos y al finalizar pedir la cuenta. Los sentimientos operan igual. Son mecanismos neuronales híbridos entre fisiología y aprendizaje. El punto de unión entre lo innato y lo adquirido, que ante unos elementos de información de entrada, procesan  una respuesta y esta respuesta a su vez modifica el propio esquema para ajustarse a la realidad, es decir, son capaces de aprender.
Precisamente eso que llamamos personalidad puede considerarse  como un sistema integrado de esquemas afectivos, cognitivos y motores. En la persona miedosa algunos esquemas se disparan con mucha facilidad, ante el menor indicio y todo lo interpretan como amenazas y peligros.
¿Qué está en el origen del  sentimiento?
Hemos dicho antes que los sentimientos son un balance de nuestro estado.  Ahora añadimos que en este balance hay cuatro elementos:
La situación real
Los deseos
Las creencias y expectativas
La idea que el sujeto tiene de sí mismo y de sus expectativas.

Dependiendo de cómo interactúen estos ingredientes se van a activar los esquemas del miedo, del odio, de la envidia, del amor, de la ira, o de cualquier otro.
El mundo de los sentimientos está ligado a la acción y en la base están los deseos. Sin impulsos, sin deseos no estableceríamos proyectos ni metas. Los deseos están antes y después del sentimiento. Cuando aparece la desgana generalizada, la claudicación de los deseos, se quiebra nuestra vida sentimental y emocional y viceversa.
Los deseos sexuales nos brindan otro ejemplo. El deseo sexual puede estar programado genéticamente, pero a pesar de estar anclado en la fisiología, el deseo sexual es muy vulnerable al estado sentimental. Su desaparición es uno de los síntomas más conocidos de    los cuadros depresivos o de estrés.
En la próxima entrada hablaremos de un sentimiento: El miedo. Espero sus comentarios. Me hacen reflexionar mucho. Se lo agradezco mucho. Hasta la próxima entrada.

Comentarios

  1. “Al hombre no le hacen sufrir las cosas , sino la idea que tiene de las cosas”
    Claro, es verdad. No sé si me equivoco pero quizá esto responda, por ejemplo, al sufrimiento que provoca la muerte de un ser querido. Indudablemente es enorme; pero según el concepto que cada cual tenga de la vida y de la muerte, ese sufrimiento unas personas lo llevan mejor que otras; no es que no sufran, es que serán capaces de superarlo mejor. Hay personas para las que la muerte, por definición es o ha de ser una tragedia. Para otras es, dentro de lo malo, algo tan natural como la vida: si estamos vivos indefectiblemente moriremos, nacemos par morir. Tenemos la idea de que la juventud no es una edad apropiada para dejar este mundo, por eso la muerte de una persona joven duele más que la de un anciano. Etc.
    En cuanto al apartado siguiente, el que se refiere a que una desgracia no se sufeaigual si ha sido causada voluntariamente o ha sido accidental, o duele de manera diferente según quién ha causado el suceso, no solo estoy de acuerdo sino que me ha aclarado algo que me he planteado con cierta frecuencia. Según quien nos provoque un mal, nos haga una ofensa….nos puede cabrear, molestar o doler. Entraría en otro terreno pero sería un tanto delicado y prefiero dejarlo aquí. Un abrazo.

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  2. Con respecto al dolor y al sufrimiento, se ha dicho, que el dolor es inevitable pero el sufrimiento no. Pero claro, otra cuestión sería dilucidar esto y saber actuar.
    Con respecto a la segunda parte de tu comentario, me ha venido a la cabeza un refrán que dice "no insulta quien quieres sino quien puede". Todos tenemos personas que pueden herirnos aun sin proponérselo, y también hay personas que por más que lo intenten no conseguirán en nosotros provocar más que hartazgo.
    Juanma.

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