CONTRA VIENTO Y MAREA


CONTRA VIENTO Y MAREA

(#palabrasalviento   Zenda)
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Lucas y yo apenas teníamos  gustos en común,  a excepción de Carmen y el mar  y  por eso me invitaba a su velero. Y también, supongo,  porque le hice ganar muchas decenas de miles de euros en bolsa.  Decía que le relajaba el azul refulgente del agua fundiéndose con el cielo. Le hacía desconectar de su agitada vida de negocios.

A Carmen la conocí en una cena  ofrecida por mi empresa de asesoría a sus más distinguidos clientes.  Si cierro los ojos aún la veo con aquel vestido de raso  rojo. Escote de vértigo y un collar de perlas que descansaba en su voluptuoso pecho.  Rubia, de piel morena y ojos rasgados de mirada  penetrante. Me la presentó Lucas, su marido, un ricachón, quince años mayor.
El amor entre Carmen y yo prendió rápido como una mecha. Estábamos colados el uno por el otro y le propuse que abandonase a su marido. Lo recuerdo  perfectamente. Fue una tarde de finales de primavera, después de estar todo el día haciendo el amor en la lujosa habitación de un hotel. Cuando escuchó mi proposición carcajeó y me pidió que no dijera tonterías. Se despidió de mí diciendo que tenía que comprarle un reloj por su cumpleaños. Una semana después, en la habitación de otro  hotel, me explicó que Lucas nunca soportaría que lo abandonara y aún escondiéndonos en el último escondrijo del planeta daría con nosotros para vengarse. Además —añadió—, mejor ser el amante de una viuda rica que la  de una casada a la fuga,  sin oficio ni beneficio, en régimen de separación de bienes de un millonario — aclaró con una leve sonrisa.

Y la verdad, tenía razón.





Cuando al poco, Lucas me invitó para  un pequeño periplo a bordo de su velero con su mujer  accedí  con  un objetivo: alegrar la embarcación, lo  que en el argot marinero significa aliviarla de peso.
En el punto más alejado de la costa  arrojaríamos a Lucas por la borda, a esas  aguas azul turquesa que tanto amaba. Después retiraríamos  las escalerillas.  Sin ellas era imposible subir a cubierta. Lo haríamos de noche, así no habría riesgo de que alguna embarcación  pudiera rescatarlo y daríamos tiempo sobrado para que se ahogase justificando, cuando alertáramos por radio, de que no nos dimos cuenta de la desaparición hasta la mañana siguiente. 

Un trágico accidente.  

Después  podríamos pasear nuestro amor lejos de sospechas, en la costa azul francesa,  o en Algarve portugués,  o donde fuera     al abrigo de la fortuna de la que dispondría Carmen como única heredera de los bienes de Lucas.
Su difunto esposo millonario.

Durante la mañana navegamos paralelos a la costa y después  mar adentro.  A medida que la costa desaparecía de nuestra vista el deseo me consumía. La piel bronceada de Carmen tumbada en popa me hipnotizaba. Tuve que contenerme.  Su marido aún estaba entre los vivos. Al acabar la tarde,  cuando el sol se ocultaba incendiando de rojo y naranja las aguas, Lucas  dijo que le apetecía bañarse en el mar. Carmen y yo contuvimos la respiración y  cuando iba a zambullirse  un reflejo dorado   hizo darme cuenta de que llevaba el reloj regalado días atrás por Carmen. Tuve el   absurdo impulso de advertirle, pero me contuve, diciéndome:  "qué importaría  eso ya".  Tras sumergirse, raudo   retiré las escalerillas y  levanté anclas, queríamos alejarnos cuanto antes, pero  lo que sucedió a continuación fue terrible.  El motor no arrancaba y para colmo no sopaba nada de aire. Tendríamos que permanecer,  testigos de nuestra maldad,  viendo cómo se ahogaba.
No sé cuánto tiempo estuvo gritando pidiendo socorro. Carmen se encerró en el camarote y yo, en cubierta, muerto miedo temiendo que apareciera como  fantasma no dejé de oír sus alaridos,  maldiciones,  insultos,  lamentos y súplicas por ese orden, mientras intentaba inútilmente alejarme de allí.  Llegué a pensar que aguantaría así toda la noche. Sus gritos me estallaban en la cabeza, hasta que por fin, gracias a Dios,  cesaron, pero después comenzó a oírse un ruido  suave que cada vez se hacía más fuerte. No me atrevía a asomarme por cubierta. Era   como si  tuviera garras de acero en lugar de uñas, intentando asirse al casco del barco para trepar. Algo imposible.  Era nuestra imaginación  la que nos  jugaba una mala pasada.   La hipotermia y el cansancio lo habrían arrastrado a las profundidades del mar.  Al final, el extraño ruido despareció y  el sueño nos venció hasta que los primeros  rayos de sol del  amanecer entrando por el ventanuco del camarote nos despertaron.  Me asomé a cubierta con sigilo armado con una barra metálica. Temía (de manera irracional) que Lucas apareciese, pero el silencio era absoluto.  Recorrí el velero   y con alivio  certifiqué que no había rastro de Lucas. Avisé  a alerta marítima.  Ni un soplo de aire que hiciera temblar las velas para poner agua de por medio. A las dos horas llegó una embarcación de salvamento marítimo. Cuando les expliqué lo sucedido percibí un  gesto extraño en sus caras que en aquel momento no supe interpretar. Nos remolcaron a puerto. Allí nos esperaba la policía.

Era lógico. Había un  ahogado. Carmen y yo declararíamos  lo acordado: baño solitario y nocturno.  Un mareo  y fin de la historia. El policía asentía  comprensivo a nuestra declaración y tras darnos las condolencias nos condujo a Comisaría. Allí nos enseñó una foto de la embarcación que habían tomado los de salvamento marítimo. Nos dijo que de manera “inexplicable” alguien rayó sobre el casco para escribir: “Mi mujer y el cabrón de su amante no me dejan subir. No me ahogo me matan".

Días después la marea trajo a la costa un cadáver que lucía una siniestra sonrisa y que llevaba  un reloj con  restos de la pintura del barco.
Desde entonces,  a través de los barrotes de la ventana de mi celda, el viento me trae todos los días , entre olas de mar, su voz.


FIN

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