UN RELATO CORTO: PAPELES ROTOS

Otro pequeño relato corto espero que les guste:

Papeles rotos

No se le ocurrió mejor manera de celebrar aquello que como mejor sabía. Hacía tiempo que una buena noticia en su casa era algo tan habitual como el agua de lluvia en el desierto. Dejó  aquella carta en el taquillón de la entrada con la misma delicadeza  con   la que se dejaría en la cuna  a un bebé de aquellos que no pudo tener y regresó a la cocina. Frotándose con  mimo los dedos terminó de quitarse los últimos  restos tan pegadizos  de esa masa de  bizcocho  ayudándose de aquel mandil de tela estampada a  pequeños  cuadrados  rosas y blancos  con un  dibujo infantil de un cocinero chef  osito sonriéndole a una nube de corazoncitos a su alrededor.
Se movía en la cocina con precisión cartesiana.  Aquel  pequeño rectángulo abigarrado de muebles,  cajones, plateros, electrodomésticos  y con utensilios por doquier se lo conocía tan al milímetro que muy bien podría estar allí con los ojos cerrados. Quizás en aquella cocina tratase de hacer precisamente  eso.
 Cerrar los ojos  para abrir su corazón.

 Con un cálculo del tiempo casi mágico no bien acababa  de preparar una macedonia de frutas multicolor  se asomó a  la ventanilla del horno para comprobar  que el bizcocho estaba en su punto y listo a  juzgar por su gesto de satisfacción en forma de sonrisa.
 Abrió el horno y sacó aquel bizcocho de perímetro y altura perfectos. De manera un tanto furtiva como si temiera que alguien pudiera observarla hundió delicadamente un dedo para comprobar cómo  de esponjoso había salido y otra sonrisa se dibujó en su rostro. Instantes después  un delicioso aroma envolvió la cocina y se escapaba al  resto de la casa y por la ventana, como un regalo, al vecindario por el patio.
Todos en aquel bloque sabían de lo excelente cocinera que era.  Su vecina de enfrente no pocas veces le decía que muy bien podría ganarse la vida trabajando en el restaurante que ella quisiera. Y vaya si tenía razón. Acababa de recibir una fantástica oferta.   Él único que no le celebraba su entrega y arte  era su marido.
Quizás, en el fondo, él fuera la causa de que pusiera tanto empeño y tiempo y amor en aquel rectángulo.
Ya solo le restaba la última parte. Glasear aquel maravilloso  bizcocho, pero la duda la asaltó por sorpresa. Sus hasta entonces  gráciles y precisos  movimientos cesaron. Se dio la vuelta y se acercó al botellero.  Se encaramó y sacó casi a tientas  una botella sin descorchar.  La sujetó con firmeza  y sus ojos se clavaron en ella. Su  sonrisa se esfumó. Sus ojos se humedecieron.  Desaparecido ya  cualquier rastro de su anterior alegría emergía ahora   un semblante duro, marchito y mohíno. Vacío. De piel cuarteada como el suelo estragado por la sequía.  

Suspiró hondamente y de manera vacilante  dejó otra vez  la botella en su sitio. Detestaba el vino. El vino le recordaba a su marido. Y el recuerdo de su marido al vino. Y el vino a  su pobre y desgraciada vida. Y vuelta a empezar.
A su destino.
Volvió a girarse y  de la vitrina sacó un bol con  azúcar blanco y moreno finamente triturado. Del microondas sacó una jarrita de agua caliente y la vertió  en el azúcar junto con un poco de zumo de naranja  que había apartado antes  de la macedonia de frutas.  Añadió dos claras de huevos de corral. Aquellos fantásticos huevos que  le recordaban su infancia y  que le traía su vecina y que con tanto esfuerzo lograba pagarlos hurgando en el mísero bolsillo de su marido.
Recordaba con nostalgia aquel ya lejano  pasado cuando de niña vivía con sus hermanas y sus padres en aquel  pueblecito. El tiempo pasaba allí despacio e inocente.  Cuando en su habitación saltaba de cama en cama con el resto de sus hermanas hasta que su padre furioso del estrépito les regañaba y ponía fin a tanto desmán de bendita locura infantil.  Aquellos  paseos de la mano de su abuela por el caminito de la fuente a misa o cuando iba al río con los niños del colegio  a coger ranas para luego con crueldad torturarlas  en la plaza del pueblo a pesar de sus súplicas e inútiles protestas o  cuando acompañaba a su padre a ordeñar las vacas al establo o cuando iba a los puestos del mercado con su madre o cuando desde la ventana espiaba junto a sus hermanas, hasta que las risas las delataban, a los vecinos de enfrente, aquellos tan guapos.
Cuando vivía.
Dejó aquellos recuerdos almibarados y ayudándose de un pincel terminó de glasear con aquella dulce mezcla  el bizcocho.
Ojalá  también pudiera barnizarse así de fácil la vida-pensó.
Casi siempre aguardaba  con temor el regreso de su marido pero hoy además se le sumaba la impaciencia. Extraña mezcla.  Debería de alegrarse pero nada en él desde hace tiempo volvió a ser normal.  No podía renunciar a esa oportunidad. En la cocina de uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Bien remunerado. No se terminaba de creer que pudieran pagarle por hacer lo que más le gustaba a ella.
Pensaba en cómo se lo diría. Le pedía a Dios que no hubiera bebido mucho. Que el maldito vino no le nublara las entendederas.
Escuchó cerrarse la puerta con un ruido fuerte y seco. Respiró hondo y dejó enfriar el bizcocho. Un  andar tambaleante, un choque contra el mueble de la entrada y un vituperio no le presagiaba nada bueno pero al igual que un animal encerrado  descubre la puerta abierta y escapa, ella tenía que intentarlo.
Él era su jaula de hierro.
Se acercó a él. Tragando saliva impostó la mejor de sus sonrisas y venciendo su repulsión a ese halo de alcohol que le rodeaba de manera sempiterna  y que anunciaba su presencia en casa como el azufre al diablo en la suya le besó en la mejilla y con un nudo en el estómago le enseñó aquella carta que antes había dejado en el taquillón.
 Gruñó. Regresó a la cocina con la esperanza de que esa reacción gutural y primitiva fuese una aprobación. Su marido siempre le negaba todo. Hasta aquellos hijos tan deseados y que él tampoco pudo darle.
Sacó la mejor vajilla. Dos platitos de postre de porcelana blanca y azul con delicadas filigranas de oro y dos tacitas a juego  que llenó con un café humeante, aromático y recién hecho. Cortó  dos porciones de  bizcocho y  un angustioso pensamiento le asaltó.   Pensó en cuanto hubiera sufrido su padre de llegar haber vivido lo suficiente como para conocer realmente  aquel muchacho forastero, que un buen día llegó al pueblo.  Aquel que tan en gracia le cayó y con el que tanto insistió en que se casara su hija querida.  Aquel joven, ahora su marido y su condena, en apariencia tan encantador, fue para su desgracia como una ampolla de cicuta, amarga y venenosa, recubierta de una pequeña capa de ambrosía tan dulce como breve.
 - Tomemos café. Te sentará bien-dijo en voz alta para que él la escuchara creyendo que  estaba lejos. Pero estaba muy cerca.  Tan presente como la mala vida que con tanto ahínco ponía en darle.
-¡¿Qué demonios es este papel?! ¡¿De cocinera?! ¡Pero qué te has pensado!. Eres tú, por ser tan derrochadora por lo que no nos apañamos bien. Si fueras una mujer como Dios manda  no estaríamos así-gritó gesticulando airadamente y tirando, a la par, una de aquellas tacitas de porcelana al suelo. Al caer se hizo añicos. Como  muchos años atrás  la esperanza de ella. Después, blandiendo aquella carta, furioso la rompió en mil pedazos como había hecho  con su vida.
Papeles rotos.




Comentarios

  1. Muy bonito relato, que alude a cómo hay unas personas que añaden dulzura a la vida, son gráciles y esforzadas y otras que sólo llegan a este mundo preparadas para ofrecer hiel y amargura y en cómo extrañamente la vida las empareja con bastante frecuencia. Aquí sólo tengo que decir que, por desgracia para ellas mismas, aquellas personas que son demasiado cobardes para enfrentar su propia vida y los retos que ella les presenta, con un corazón de roca acallan su cobardía intentando doblegar la voluntad de aquellas que nacieron benditas como ángeles. Y añadir que ese tipo de personas en la mayoría de las ocasiones no tienen ningún remedio, hay que enfrentarlas y dejarlas a solas con su amargura que al final las acabará consumiendo.

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  2. Es bueno tener en esta vida, lo que Horward Garner llamó inteligencias múltiples. En concreto la inteligencia interpersonal y también la intrapersonal para detectarlas rápido y huir de ellas como de la peste...O enfrentárseles de la mejor manera posible.

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  3. He querido releer el relato antes de opinar. El tema me parece muy bien traido por lo actual que puede parecer,a pesar de que es tan viejo como adán y Eva. Veo la presencia de ese ,llamado hoy, "maltrato psicológico" que ho deja huellas físicas pero sí en el alma y cuya linea definitoria es tan difusa.
    Como relato me gusta esa estructura cerrda,circular ,que le has dado.: el título y la última frase.
    A pesar de que en el momento que aparece esa carta que se quedará sobre el taquillónde la entrada,ya presagiamos algo acerca del desenlace,leemos con avidez,quizá con el deseo de que no se cumplan nuestros temores. Bien logrado.
    Por otra parte veo una tendencia hacia una estructura interna que va apreciendo en algunos de tus escritos y que puede ir definiendo una línea en tu estilo. me refiero a esas frases breves con que cierras cada secuencia a la vez que abres la siguiente.
    Me gusta.

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  4. Me halaga muchísimo que hayas releído el relato. Inicialmente el final iba a ser otro diferente pero como ya he dicho en alguna ocasión, y cualquiera que haya escrito sentirá igual, cada escrito, cada relato, tiene en cierta medida vida propia y lo que inicialmente uno piensa no coincide con lo que el relato te va diciendo a tí. A no ser, supongo que se adquiera tal grado de virtosismo y sea uno el que escriba la historia de principo a fin.

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  5. Tienes razón en lo primero y no esperes a lo segundo. Se ha dicho,incluso,que a Cervantes el personaje se le fue de las manos,se le fue agrandando conforme escribía. Yo no sé si será verda; a mí no me locontó pero algún estudiosos lo ha pensado así y es fácil imaginar que sucediera. Lo importante es escrbir lo que a uno le gusta y como a uno le sale. Demasiado virtuosismo tampoco debe ser demasiado bueno.¿No crees?.

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