Un relato corto: Memento mori.

En la etiqueta "Rincón literario" solo he compartido con vosotros algunos de los muchos relatos cortos que he ido escribiendo. Me gustaría que leyerais éste. Lleva por título: Memento mori.  Dejad vuestra opinión.

MEMENTO MORI

 Desde pequeño pensaba que las montañas eran prolongaciones que la madre naturaleza regalaba a los humanos como escaleras para alcanzar el cielo infinito. Las vistas desde las cumbres blancas, agrestes, altivas y firmes de esos lejanos valles atravesados por sinuosos hilos de agua verde, azul y de plata se grababan en mi retina.
Se adueñaron de mi corazón.


Mis compañeros de expedición derrotados y exhaustos, con buen criterio y pocas palabras desistieron de intentar el último ascenso a la cumbre. Empezaba a arreciar un viento duro, cortante y siniestro  como si el mismo diablo nos anunciase su presencia silbándonos. Amenazaba muy mal tiempo y una tormenta a más de siete mil metros de altura era sinónimo de muerte. De manera inadvertida para ellos los dejé y continué mi ascenso. He de decir que no intentaron retenerme. No había fuerzas que desperdiciar. Al fin y al cabo, la locura fue mía.

Suele llegar, indefectiblemente, aquel instante último en que se deja formalmente de existir. Después solo queda una prórroga pequeña, breve y suave en forma de recuerdo entre quienes nos conocieron. Que aúpa lo bueno y lima lo malo. Pero dicho añadido etéreo y vaporoso no nos pertenece ya. Queda confinado en cabezas ajenas y poco a poco va languideciendo como el sol en el horizonte.
Hasta que muere el último que nos conoció.
Y con él, el último recuerdo de nuestra existencia.

De nuestro paso por la vida.

El cansancio extremo y el afán de supervivencia dotan de gran pragmatismo a cualquier actividad. Ninguno de mis compañeros hizo lo más mínimo por convencerme de que desistiera de mi empeño loco por hacer cumbre. Demasiado tenía ya cada uno con lo suyo. Sin despedidas. Los vi alejarse lentamente como autómatas sin energía y con la mirada puesta fija en el suelo.
Con las fuerzas justas.
Ver como el terreno es cada vez más descarnado y pedregoso. Sentir el aire cada vez más frío. Esas cimas de blanco cegador te embrujan. Te atrapan. Ese aire azul. Escuchar únicamente tu jadeo y el bombear estrepitoso de tu corazón. Y el silencio atronador de la montaña.
Eso es el paraíso.

No me quedaban fuerzas. Pero para ser precisos hacía tiempo que las había gastado. Es más, no recuerdo haber hecho ninguna cima y haber tenido la sensación de llegar con algo de energía. Esas cimas picudas en forma de abanico. De paredes esculpidas por el cincel del tiempo. Serenas y majestuosas. Imponentes y eternas. Retadoras. Desafiantes. Sus laderas llenas de pedregales gigantescos acumulados como despojos por el tiempo a sus pies.  Con lenguas de hielo y nieve perpetuas. Sin huella humana alguna. Intactos.

Me embrujaban como sirenas a los marineros de Ulises.
Mi último viaje.

Quedaban cuatro horas de ascenso y según mis cálculos cinco horas de luz. Procuré memorizar bien el trazado durante el ascenso. Me haría falta para la vuelta que sería de noche. Cuando me quedase una hora para hacer cumbre debería también ir pensando en algún refugio para la vuelta.  Con la tormenta no sabría si podría seguir después bajando a oscuras.
Caminaba por aquella arista. Un filo de navaja de roca suelta cementada por hielo glacial. Una línea estrecha y delgada surcada por dos abismos a derecha e izquierda. A cada paso sentía el crujir del hielo y nieve con la misma angustia con la que un jugador a la ruleta rusa escucha el chasquido de aire en su sien al dispararse con la pistola y una única bala en su cargador.
Tras tres horas de marcha, dejándome jirones de mi alma a cada paso solo me separa una hora para la cumbre. Para ese último peldaño de la escalera que nos ha regalado la Naturaleza. No acerté a ver ningún refugio. Alguna caricia de la montaña donde resguardarme.
Pero la Naturaleza no quería acariciarme.

Empezaba a calcular cuánto tiempo podría quedarme en la cima. A solas con el Universo. Con su silencio sereno y callado. Con unos minutos a solas con él tendría bastante.
Un regocijo tan breve como intenso que te pondría en el centro mismo del momento cero de la creación. Cruzaba un tramo en extremo difícil. Muy estrecho y cubierto de hielo. Una aguja de roca. Con solo girar un poco la cabeza a derecha o izquierda sentía la llamada de un paredón vertical de caída infinita. Intentaba asegurar cada paso con el piolet. El cielo comenzaba a enturbiarse con una neblina densa. La tormenta parecía ir en mi busca. Me sentía como un difunto hipnotizado por la propia música fúnebre que tocaban en su honor.
¿Han pensado alguna vez en cómo dejarán de existir? Antes me consolaba diciéndome que con un poco de suerte, tendría otra eternidad de oscuridad por delante para reflexionar sobre él. Al fin y al cabo, ¿qué es si no la vida? Un instante  de luz entre dos oscuridades. Y el punto y final de ese instante de luz brillante y cegadora es aquello que no queremos pensar.
Pero si una cosa es pensarlo en abstracto otra muy diferente es sentirlo.

Y sentirlo cerca. Como ahora.
En el memento mori sobra el porqué, solo cabe un cómo, un cuándo y un dónde.
Tantas preguntas como falta de ganas por conocer las respuestas.

El cielo, la Naturaleza y aquellas cumbres me escupieron. Un sonido atronador antecedía a una avalancha de hielo y rocas. Sin fuerzas, sin reflejos era como una pequeña pluma en el aire. Levanté lentamente la cabeza. Di un paso, tan fatal como inevitable. Vi impávido la negativa de la Naturaleza a ser molestada. Comencé a girar vertiente abajo rodeado en mi descenso de nieve, hielo y rocas.
Era consciente de la inmediatez de mi fin. La montaña me dio la vida y ahora me la quitaba. La única Ley implacable del Universo. Mi muerte podría describirse como trágica (al menos para mí) Irremediable. Anunciada. Triste. Rodeado de soledad infinita.
Cruel también. Lo olvidaba.
Y amarga.

Me dejé caer abrazado a la reina gravedad. Intenté disfrutar observando la montaña desde ángulos inéditos y nunca antes profanados por mirada alguna. Con una serenidad reverencial y majestuosa acorde con la gravedad del momento. Se suele decir que la vida es muy irónica. Pero si la vida es realmente una sucesión casual de episodios donde la única condición necesaria para el siguiente es justo la existencia del precedente entonces la vida no es irónica.
Es caprichosa como el azar. Nos gusta hilvanar nuestra vida dotándola de coherencia y causalidad. Por eso decimos que la vida es irónica.
Porque no logramos entenderla y porque es casual.
Aunque Platón creyera lo contrario.
¡Qué extraño! que no muriese a pesar de la caída envuelto en el hielo y pedregal. La casualidad hizo que quedase medio enterrado pero aun con un hálito de vida. Un pequeño y postrero regalo de la Naturaleza. Aproveché para ver un cielo infinito, limpio y transparente. Testigo inmemorial de fugaces pasos por la vida y su techo. Debí de fracturarme muchos huesos. Sentía dolores por todo el cuerpo pero el dolor del fémur de la pierna derecha sobresalía entre todos, como el sonido del  trombón en una orquesta.
Intentamos atrapar la vida dejándonos seducir por esto y aquello para caer en la cuenta que los atrapados somos nosotros. Atrapados por ese punto y final. Mágico y envolvente que todo lo atrae.
Sepultado casi hasta el pecho, al pie de un risco colosal sentí la inmensidad del cielo sobre mí. La niebla comenzaba a ocultarme la majestuosa contemplación de ese gigantesco trozo de paraíso. Mis ojos ya no podía mantenerlos abiertos por más tiempo. Después solo escuchaba el silbido del viento sobre aquellas pendientes heladas que parecía salir de las entrañas de la Tierra y el castañear furioso de mis dientes. Un sonido cada vez más lejano, suave y dulce.  Mi punto y final.
 Memento mori.


Comentarios

  1. Es un placer leer lo que escribes, me ha encantado.

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  2. Muchas gracias Mónica. El escribir me da dos satisfacciones. Una la del hecho en sí mismo de la escritura y otra, casi más grande aún, que a otra persona le guste.

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    1. No sé dónde se escribe para hacer un comentario. Te lo pongo aquí.

      Vaya tela como describes el momento de morir, espero no tener tiempo para explicarlo cuando me llegue la hora.
      Vamos al final te ganas la vida de escritor, que ocurrencias tienes. un besazooo

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  3. Es muy bonito. Me llama la atención esa tendencia tuya a transferir lo que alguien piensa,"vive", siente, mientras está muriendo o en el instante de hacerlo. También has escrito sobre alguien que andaba ya por el otro mundo. Recuerdoel primerro que leí,creo que se llama "Mala combinación" que ,en mi opinión, tiene algo que supera literariamente hablando a este. Ese algo es que solo al final se veía claro lo que estaba pasando; es sugernete e invita a llegar al final. Este de hoy me ha recordado algo,tal vez porque acabo de leerla "La muerte de Artemio Cruz" en la que el moribundo pasa revista a su vida.Pero sobre todo en un párrafo casi al final. Ya verás a qué me refiero pues incluiré en mi blog una entrada con el comentario.
    ¡Lástima que no seas de LETRAS!

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  4. Fíjate, lo que me movió a escrbir este relato fue el leer un capítulo de un libro científico sobre Biología. El capítulo se titulaba Memento mori y empezaba con un verso del libro Eclesiastés. Resulta que uno empieza a escribir y el escrito toma vida propia y hay que ser muy firme para que lo escrito responda realmente a tu voluntad y no a la del texto. Y si eres mas tolerante lo que escribes se adueña del sentido final.

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  5. Me ha gustado mucho tu relato, sobre todo como describes las montañas: esas elevaciones fastuosas del terreno, gigantescas escaleras para alcanzar el cielo, moldeadas y cinceladas por el correr de millones de años que nuestra mente no es capaz de imaginar. A mí también me han atraido desde siempre, tan altas e impenetrables que nos hacen conscientes de nuestra pequeñez pero al mismo tiempo predican nuestro tesón y capacidad de superación al conquistar sus cumbres. Es normal que un hombre en la cima de una altísima montaña se crea el rey del mundo, es una sensación de euforia difícil de describir. Es esa lucha del hombre contra la Naturaleza, bellísima pero cruel, lo que aquí relatas y en esa lucha en la que el alpinista se empeña aún a sabiendas que le costará la vida.

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  6. Bueno, creo que el alpinista en el fondo tiene la esperanza de sobrevivir. Pero vamos también es consciente de que tiene muchas papeletas para pasar a ese estado vaporoso y etéreo en cabezas ajenas.

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  7. Enhorabuena Juanma. Es el primer relato tuyo que leo y me ha gustado mucho. Por unos minutos he estado en la alta montaña. El tono poético y filosófico es muy emotivo por no hablar de la calidad literaria. ¡Bravo escritor!

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