El laberinto sentimental II Parte.

Los sentimientos a través de las diferentes culturas.

En la entrada anterior dijimos que los sentimientos pueden y deben encauzarse, no solo sentirnos escenarios pasivos en  donde corren dueños y señores los sentimientos. En esta entrada ahondaremos un poco más. ¿Todos los humanos sentimos lo mismo? ¿Todas las culturas tienen los mismos esquemas sentimentales?
Los sentimientos son un balance de nuestra situación. Un balance continuo, realizado a diferentes niveles de profundidad y  además los sentimientos son punto de llegada y de partida, es decir, inician una nueva tendencia, disponen para la acción o  para la inacción. Nos preparan para reaccionar de un modo u otro.  El miedo incita a la huida, el amor al acercamiento, la alegría a la acción, la tristeza al retiro, la furia prepara para el ataque, la ternura a la caricia.
¿Son los sentimientos algo común a todos los individuos o hay una gran diversidad cultural en ellos?. De todo hay. Los sentimientos son como las lenguas, hay muchas y se diferencian enormemente, pero tienen puntos en común. Es muy posible que haya estructuras sentimentales básicas, universales, que cada cultura modifica, relaciona y llena de contenidos diferentes. Cambian las intensidades, la consideración social de los sentimientos. Cada sociedad define qué sentimientos son adecuados o inadecuados, buenos o malos, normales o anormales.
Hay sin duda diversidad sentimental pero no una proliferación caótica.

Como caso curioso, Los Tangú en Nueva Guinea se negaron a jugar al fútbol si no se cambiaban antes las reglas del juego. A los Tangú no les gusta que haya gente que gane o pierda, por lo que hubo que cambiar la finalidad del partido. Lo importante era empatar y jugaban hasta que lo conseguían. A veces durante varios días.
En Nueva Guinea hay pueblos separados por poco más de cien kilómetros con culturas totalmente diferentes, unas basadas en el trabajo en equipo y colaborativo, los Arapesh, donde cualquier acción individualista es despreciada por toda la comunidad, incluso el hecho de que un hombre se coma solo sin compartir un pajarillo que haya cazado hace que ese individuo sea rechazado y despreciado en esa sociedad y otra cultura, los mundugumor, totalmente contrarios, muy individualistas y agresivos. Donde reina la desconfianza entre todos sus miembros.
Hay sentimientos semejantes en todas las culturas y también diferentes. Es lógico que haya grandes parecidos. El ser humano allá donde esté tiene unas mismas necesidades, hay expresiones afectivas comunes en todo el mundo como el miedo, la furia, el asco, la risa y el llanto. Ahora bien, qué mecanismos desencadenan tales emociones puede variar de una cultura a otra. Por ejemplo, en Japón, ofrecer ayuda está considerado como un agravio, salvo casos excepcionales. Quien recibe esa ayuda queda en deuda permanente y esa es una carga muy grande que no debe de establecerse.
Los esquimales adultos no se enfurecen. Los niños esquimales sí, más o menos igual que el resto de niños de otras partes del mundo, pero durante su proceso de socialización esta emoción se elimina. La ira o  furia en los adultos esquimales apenas se da, la consideran una reacción de niños.
¿Y qué podríamos decir de nuestra cultura? Creo que sin duda está diseñada para fomentar la insatisfacción permanente y la agresividad. La sociedad de mercado produce más de lo que se necesita y hacen de nosotros unas maquinitas deseantes, incapaces de postergar el placer y el éxito. Domina el aquí y el ahora, añadiendo a la avidez la impaciencia, para colmo de males, y eso genera mucha frustración, antesala de la agresividad, el desánimo y la desmotivación.
Lao-tsê dice “No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos. No hay mayor mal que no saber contenerse. No hay mayor daño que alimentar grandes ansias de posesión”. Esto es lo que los griegos llamaban pleonexía, la proliferación de los deseos.
El asunto sigue sin resolverse. Espero sus comentarios y reflexiones como siempre. Estaré encantadísimo de leerlas. En la próxima entrada hablaremos del papel axial que desempeña la madre en el desarrollo afectivo del niño y de cómo este desarrollo afectivo va a conformar su desarrollo congnitivo y estilos de pensar, sentir y actuar.

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